viernes, octubre 28, 2011

Ya no hay locos


Ya no hay locos, ya no hay locos,
ya no hay locos, amigos, ya no hay locos,
ya no hay locos, ya no hay locos,
en España ya no hay locos.

Se murió aquel manchego,
aquel estrafalario fantasma del desierto.

Ya no hay locos, ya no hay locos,
en España ya no hay locos,
ya no hay locos, ya no hay locos,
ya no hay locos, amigos, ya no hay locos.

Todo el mundo está cuerdo,
terrible, horriblemente cuerdo.

Ya no hay locos, ya no hay locos,
en España ya no hay locos,
Ya no hay locos, ya no hay locos,
ya no hay locos, amigos, ya no hay locos.

¿Cuándo se pierde el juicio?
Yo pregunto ¿cuándo se pierde, cuándo?

Si no es ahora,
que la justicia vale menos,
que el orín de los perros.

Ya no hay locos, ya no hay locos,
ya no hay locos, amigos, ya no hay locos,
ya no hay locos, ya no hay locos,
en España ya no hay locos.

Todo el mundo está cuerdo,
terrible, horriblemente cuerdo.

Ya no hay locos, ya no hay locos,
ya no hay locos, amigos, ya no hay locos,
ya no hay locos, ya no hay locos,
en España ya no hay locos.

Se murió aquel manchego,
aquel estrafalario fantasma del desierto.

Ya no hay locos, ya no hay locos,
ya no hay locos, amigos, ya no hay locos,
ya no hay locos, ya no hay locos,
en España ya no hay locos.

León Felipe

Paco Ibáñez

¡Qué pena!


¡Qué pena si este camino fuera de muchísimas leguas
y siempre se repitieran
los mismos pueblos, las mismas ventas,
los mismos rebaños, las mismas recuas!

¡Qué pena si esta vida nuestra tuviera
-esta vida nuestra-
mil años de existencia!
¿Quién la haría hasta el fin llevadera?
¿Quién la soportaría toda sin protesta?
¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra
al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?
Los mismos hombres, las mismas guerras,
los mismos tiranos, las mismas cadenas,
los mismos farsantes, las mismas sectas
¡y los mismos, los mismos poetas!

¡Qué pena,
que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!

León Felipe

Adolfo Celdrán

jueves, octubre 27, 2011

Primer amor


Aquella casa no era mía.
Yo contraté la luz, el agua y las palabras.
Dispuse que los muebles y los vientos
volvieran a jugar en los balcones.
El paisaje llegaba saludando
igual que los amigos,
y al levantar la mano y las botellas
abril subía por el ascensor
y las colinas de la tarde
cambiaban amapolas por un whisky.

Yo contraté la noche para cerrar las puertas.
Quise quedarme solo con mi amada,
quedarme dentro de las horas
que ruedan con la miel de los desnudos.
Yo preparé las sábanas, los libros, los armarios,
pinté de blanco las paredes,
pero la casa aquella no fue mía.

Porque empezó a llover
durante todo un año y el siguiente,
y el otoño manchaba los pasillos
con silencios mojados y zapatos,
y estuvo el mes de enero
helando hasta cortarse con nuestra soledad
y nuestra ropa sucia,
y el coche que subió por la colina
de barro y abandono
vino para decirme
que aquella casa no era mía.

Y aquella casa no fue mía.
Aprender a vivir enamorado,
saber amar,
significa también sentirse libre
cuando un amor se acaba.
Las ruinas de hoy
no son ya mi dolor ni mi recuerdo.
Veo como un extraño
la ventana forzada, las paredes con grietas,
los azulejos rotos.

La lluvia que pregunta en la esquina por mí
sabe que aquella casa no era mía.

Luis García Montero

Luis García Montero

lunes, octubre 24, 2011

Romance del emplazado


¡Mi soledad sin descanso!
Ojos chicos de mi cuerpo
y grandes de mi caballo,
no se cierran por la noche
ni miran al otro lado,
donde se aleja tranquilo
un sueño de trece barcos.
Sino que limpios y duros
escuderos desvelados,
mis ojos miran un norte
de metales y peñascos,
donde mi cuerpo sin venas
consulta naipes helados.

          *

Los densos bueyes del agua
embisten a los muchachos
que se bañan en las lunas
de sus cuernos ondulados.
Y los martillos cantaban
sobre los yunques sonámbulos,
el insomnio del jinete
y el insomnio del caballo.

          *

El veinticinco de junio
le dijeron a el Amargo:
Ya puedes cortar si gustas
las adelfas de tu patio.
Pinta una cruz en la puerta
y pon tu nombre debajo,
porque cicutas y ortigas
nacerán en tu costado,
y agujas de cal mojada
te morderán los zapatos.
Será de noche, en lo oscuro,
por los montes imantados,
donde los bueyes del agua
beben los juncos soñando.
Pide luces y campanas.
Aprende a cruzar las manos,
y gusta los aires fríos
de metales y peñascos.
Porque dentro de dos meses
yacerás amortajado.

          *

Espadón de nebulosa
mueve en el aire Santiago.
Grave silencio, de espalda,
manaba el cielo combado.

          *

El veinticinco de junio
abrió sus ojos Amargo,
y el veinticinco de agosto
se tendió para cerrarlos.
Hombres bajaban la calle
para ver al emplazado,
que fijaba sobre el muro
su soledad con descanso.
Y la sábana impecable,
de duro acento romano,
daba equilibrio a la muerte
con las rectas de sus paños. 

Federico García Lorca

Camarón de la Isla

Remedios Amaya

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